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OPINIÓN - 25.11.15

Violencia
Literatura y lucha: Abortar en el barrio

Por Bárbara Arias, Secretaria de Prensa y Difusión del Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba (Cispren-CTA)

El viernes amaneció como casi todos los viernes, no importa que época del año sea, pero cuando sos adolescente y llega el viernes se transforma en un día lindo.

Me leventé con fiaca, me lavé los dientes, me acomodé los rulos como pude y me fui para el cole. Me encontré con mis amigas, charlamos, tomamos nota, renegamos con unos ejercicios de matemáticas, y para la hora de la salida ya tenía planes.

Una amiga de mi hermana me había anotado en un papel la dirección, no quedaba tan lejos de mi escuela, incluso había pasado varias veces por esa casa sin que nunca me llamara la atención. Llegué, golpeé una sola vez y me abrieron abruptamente la puerta sin preguntar siquiera quien era. Me atendió un hombre de unos 40 años, desalineado, parecía que recién se levantaba, o que todavía no se había acostado.

Me hizo pasar por un pasillo largo que comenzaba en la entrada, atravesaba un patio interno y pasaba hacia otro lado de la casa. Mientras atravesaba el patio vi colgadas sobre la soga una enorme cantidad de toallas y trapos, que aunque parecían lavados, no terminaban de estar percudidos con manchas marrones y olor jabón en pan. El tipo no me hablaba, nunca me dirigió la palabra, y no me contestó nada cuando le dije mi nombre y que estaba allí por la cita de las 14 con la señora Suárez. Caminaba delante de mí con un tranco adormilado. Cuando terminamos de pasar por el patio interno el pasillo se hacía de nuevo largo, interminable. Llegué a contar dos puertas a mi derecha y dos a mi izquierda, al fondo una especie de oficina que a su vez era la única habitación con baño.

Cuando llegamos a la puerta de esa oficina, el tipo golpeó la puerta y emprendió el regreso por el pasillo infinito. Pensé que lo perdía de vista cuando de repente se abrió la puerta y me encontré cara a cara con la Sra. Suárez. La vieja era una leyenda en el barrio, todo el mundo sabía lo que hacía, cuánto cobraba, donde vivía, todo. Yo también había escuchado de ella, por eso cuando quedé embarazada y mi novio se fue no me costó gran trabajo encontrarla.

Ella sí me habló, me saludó con un beso y me invitó a sentarme en una de las sillas que estaba de frente al escritorio de lata que tenía, despintado, un poco gris, un poco blanco.

- Son $400.

- Sí, acá tiene.

- ¿Estás sola?

- Si, pero le avisé a una amiga que venía. Usted me dijo que no había problema, que era seguro.

- Si, por supuesto. Te pregunto porque tengo que saber por las dudas.

- Por las dudas qué?

- Dale nena, no pasa nada. Sacate el uniforme y la bombacha detrás del biombo y envolvete con esta toalla.

Agarré la toalla y ya estaba temblando. Igual era tarde para remordimientos. Hice lo que me pidió, salí envuelta en una toalla manchada como las que estaba en la soga, y la seguí. Otra vez en el pasillo infinito. Entramos por una de las puertas de la derecha, me hizo acostar en una camilla y de manera muy brusca me abrió las piernas, miró, hurgó, volvió a mirar, volvió a hurgar. No me decía nada. Buscó en una mesa unos aparatos chatos, como dos paletas y esta vez me hurgó con eso. Estaba helado.

- ¿Cuántos años tenías vos?

- 17, en mayo cumplo 18.

- ¿De cuánto estás nena?

- De 9 semanas, creo. Pero no más que eso.

- Bueno, vamos a ir con la pastilla nomás, es lo más seguro, yo te pongo dos de estas y en dos horas te vas a tu casa, como a las 4 o cinco horas te van a dar como ganas de ir al baño, ahí vas a “despedir todo”.

No pregunté más, ya me sentía bastante idiota contándole a esa mujer que en mayo cumplía los años, como si le importara!

Me abrió las piernas de nuevo y me puso una pastilla que me hizo arder, parecía que me echaban limón en una raspadura. Yo lloraba en silencio, estaba sola y asustada. La Sra. Suárez se fue, yo quedé sobre la camilla, con frío, desnuda y desorientada.

Quince o veinte minutos más tarde apareció de nuevo esta Sra. Volvió para ponerme la segunda pastilla. De nuevo el ardor y el dolor. Me dijo que era normal, que era señal de que estaba funcionando bien. Volvió a desaparecer, aunque esta vez no puedo decir en qué momento se fue, no la ví. De nuevo se presentó en la sala, traía mi ropa en la mano.

- Vestite tranquila, si querés pasá por el baño y andá yendo, en unas cuatro o cinco horas se termina todo. Acostate y relájate.

Tampoco pude preguntar nada, me vestí como pude, agarré la mochila que había quedado en el piso y me fui rápido, tan nerviosa estaba que le dí un beso y un abrazo a esa vieja como si se tratara de mi abuela.

Empecé a caminar por el pasillo, pensé que iba a tardar días en atravesarlo, cuando llegué al patio se me atravesó el tipo de frente, me miró hasta que me hizo sentir asco y me acompañó hasta la puerta de salida.

Abracé la mochila como si fuera mi osito de peluche ansiando ser niña de nuevo, sin querer reconocer que aún lo era, y caminé con furia, rápido y sin pararme en ningún lado.

Cuando llegué a mi casa mi vieja, cariñosa como siempre me había guardado comida, estaba calentita, humeante entre dos platos que hacían las veces de “casita”. No podía comer nada, pero comí porque me perdía su mirada de mujer buena. Ella se sentó a la mesa para acompañarme, me acarició el pelo y me llamó “chinita”, como cuando era niñita.

Me fui a mi pieza rápido porque habían empezado los primeros retorcijones, o contracciones, en menos de una hora mi cama parecía un altar de sacrificios.. Sangre por todos lados y no supe más que hacer. Lloré a gritos y llamé a mi mamá, la última que quería decepcionar en el mundo, la que me alentaba a estudiar, ella quería que yo fuera a la universidad.

No recuerdo más, en el cuadro siguiente estaba mi madre con la cabeza gacha, soportando los agravios de un médico que la retaba:

- ¡Son todas iguales estas pendejas!! Y las madres o se hacen las boludas o no sé, mirá… Esta zafó de pedo señora, pero casi no la cuenta.

Mi vieja se bancó con entereza esa puteada, la humillación de ser pobre, mujer y la madre de una pendeja como yo. Pero igualmente me abrazó, me preguntó porqué no confiaba en ella y no me dijo más nada, lloraba y me decía “chinita moquera”.

Pasaron los años, hoy casi doblo esa edad, pero cuando miro para atrás me veo caminando ese pasillo infinito con una cantidad de “chinitas” que, como dijo el Dr., “no la cuentan”.

Violencia de género es también que se sigan muriendo miles de “chinitas” en nuestro país cada año por abortos clandestinos, habrá #NiUnaMenos cuando garanticemos el aborto seguro, legal y gratuito para las mujeres.

Educación Sexual para poder elegir! Anticonceptivos para no Abortar! Aborto LEGAL para no Morir!

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