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OPINIÓN - 25.11.15

Violencia
Literatura y lucha: Buenos vecinos
Cynthia Pok
Por Cynthia Pok
Secretaria de Formación de CTA Nacional

Y si fue así nomás? Si fue que la empujó él? Que la golpeó con el hombro para que perdiera el equilibrio y cuando la vio del otro lado de la cornisa, por ahí tuvo un momento de lucidez y la quiso agarrar de los pelos pero ya no pudo? Habrá sido por eso que estaba tan golpeada en las rodillas, en los hombros, con el vestido tan fino lleno de polvo, de cal, las medias hechas unos hilos, desflecadas, cuando la fuimos a ver ahí tirada en el caminito de baldosas de la entrada del edificio?

Y la cara…viste lo que era la cara? Unos rayones todos en fila como si le hubieran pasado un peine de acero por la mejilla. Porque eso no era el golpe que le partió la nuca contra las baldosas. Parece mentira, haberse caído del segundo y estaba ahí, de espaldas, en esa posición tan rara, la columna que parecía que estaba como corrida, que nunca podía estar así si no estuviera rota en mil pedazos.

No era la primera vez que el vecindario entero salía por la gritería a ver. Y ellos como que disfrutaban de saber que estábamos todos ahí pendientes de los acontecimientos. Nosotras nos asomábamos primero a los ventanales sin correr las cortinas, apenas un poquito. Solamente al rato, ya abríamos las puertas de los balcones. Más que nada para escuchar mejor lo que se gritaban. Verlos los veíamos igual, y encima de cuerpo entero porque el balcón de enfrente, el de ellos, tenía partes de vidrio, de ese grueso.

Siempre terminábamos llamando a la policía, que llegaba al rato y los metía de nuevo adentro. Con Matilde ya teníamos calculado que el patrullero venía a los doce minutos de llamar. La comisaría estaba a la vuelta, pero era como de reloj: doce minutos para cuatro cuadras.

Al principio, cuando se mudaron al edificio de enfrente y empezamos a escuchar las primeras peleas, me acuerdo que Matilde decía que no era asunto nuestro, que se mataran si querían. Yo estuve de acuerdo pero igual creo que entre vecinos hay que ayudarse y aproveché un día que me crucé en el palier con Don Goyo, del tercero, para ver qué le parecía. Estuvo de acuerdo en que teníamos que estar pendientes para que no se lastimaran, así que cuando él veía desde arriba que había más movimiento que lo normal, me avisaba enseguida y ahí salíamos nosotras también al balcón haciendo como que regábamos las plantas, para ver si había que socorrerlos en algo o mirar que ella no estuviera lastimada, tan bonita que era.

Nosotras los teníamos justo, justo enfrente y si las persianas estaban levantadas veíamos patente cuando ella llegaba con la ropa esa de ir a hacer gimnasia, toda ajustada al cuerpo. O a veces, -como ese día- vestida de fiesta, el pelo suelto, su vestido negro con ese escote y el collar de la enorme piedra verde sobre la piel blanca.

Elisa y Carlos, del mismo piso que nosotras, siempre han sido de colaborar mucho con los asuntos del edificio, así que no dudé en avisarles lo que estaba pasando y ellos también, como tienen tiempo, estuvieron muy dispuestos a ayudar. Salvo los días que tienen que ir a cobrar la jubilación, se fijan todo el tiempo y, cualquier cosa, avisan. Bueno, avisaban, porque ahora cambió todo.

Y en el edificio ya estaban todos preocupados. Se había corrido la voz, no se si por Don Goyo o por Elisa y Carlos, y ya lo sabían en todo el primero, por supuesto en el piso nuestro y algunos del tercero.

Aunque aquí en el segundo nosotras no nos hablamos con Aurora desde aquella vez que se le escaparon todos los perros y dejaron el pasillo hecho un desastre, yo sabía que ella también estaba atenta. De hecho, una de las veces fue ella la que vino a tocarnos el timbre para avisarnos que había visto que enfrente ella había llegado muy linda, con tacos muy altos y que él había estado bebiendo desde temprano, así que seguro que en un rato empezaba el problema. Y que si podíamos salir a hacer como que regábamos porque seguro que ellos enseguida iban a salir al balcón y tendríamos que llamar a la policía.

Al principio, como les decía, aunque Matilde no quería hacer nada, la verdad es que llamábamos a la policía enseguida. Enseguida nomás cuando se veía que él se levantaba y se le iba encima. Nos daba miedo porque era un hombre corpulento, mucho más alto que ella, de hombros anchos. Se lo veía en el sillón, tranquilo, como si nada pasara. Claro, no escuchábamos de ahí lo que se decían, y de golpe se levantaba como un rayo y se le iba encima. La agarraba de los hombros, de la ropa, del cogote y la zamarreaba para todos lados y le gritaba. No escuchábamos qué, pero se veía que le gritaba.

Entonces, como les decía, cuando se levantaba llamábamos enseguida. A los doce minutos, -les aclaro que todavía no nos habíamos dado cuenta que tardaban eso-, llegaba el patrullero y entre la sirena, el portero que les abría la puerta de calle y lo que llegaban a golpear la puerta del departamento de ellos, ya se terminaba todo y nadie salía lastimado.

Después, un poco que Matilde y yo empezamos a pensar y otro poco que nos fuimos poniendo de acuerdo con los vecinos, quedó la idea, para probar, de no apurarnos. Que podía ser que se armara la bronca entre ellos, pero que por ahí después de unos gritos y alguna sacudida, todo volvería a la normalidad.

Como Matilde y yo habíamos quedado de encargadas de llamar a la policía, así fue que empezamos a no llamar enseguida. La primera vez, no me olvido, fue un domingo. Estuvimos todos pendientes, esperando que la situación se compusiera sola. Pero después de la atropellada del hombre y algunas cachetadas que veíamos más que nada porque a la mujer le hacían volar esa cabellera rojiza tan linda de un lado para otro, lo que pasó, como les decía, es que ella trató de escapar de la furia del hombre y para escapar, no se le ocurrió mejor idea que abrir la puerta del balcón y salir corriendo a ese cuadradito al aire libre, del que igual no podía escapar. Por ahí pensó que donde podían verlos él pararía de golpearla. O capaz que sabía que nosotros estábamos ahí, que la estábamos cuidando.

Pero la verdad es que él no paró ni en el balcón. Y desde entonces pasó siempre igual. Me acuerdo que en el balcón ya no le pegaba las cachetadas en la cara con la mano abierta con envión desde bien lejos. Ahí le metía una mano entre los pelos en la nuca y la agarraba ahí, de la melena, y con la otra le metía puñetazos cortos, fuertes, en las costillas. Ella gritaba todo el tiempo, gritaba de dolor y también lo insultaba, así siempre hasta que se quedaba sin aire por una trompada en la boca del estómago. Y ahí era que llegaba la policía.

Así fue que nos fuimos dando cuenta que la policía tardaba eso que dije en llegar. Y por si acaso empezamos a calcular mejor. Los doce minutos contados ya no desde que empezaba todo sino desde que salían al balcón. Por supuesto que siempre les dábamos la chance de que arreglaran ellos mismos el problema, todavía dentro del departamento. Pero cuando ya se abría la puerta de vidrio y ella salía corriendo, él agarrándola y golpeándose y gritando al balcón, se sabía que Matilde y yo íbamos a buscar el papelito con el número pegado con imán en la heladera y llamábamos a la policía. Claro que hay que aguantar viendo eso hasta que llegaba el patrullero. No le cuento el horror que era. Nosotras y todos los vecinos, petrificados en los balcones nuestros, con una impotencia…

Por eso le digo, el día de la desgracia, -me acuerdo como si fuera hoy-, discutimos con Matilde sobre quien iba a buscar el papelito con el número y quién llamaba. Yo había llamado la última vez y no se si también la anterior. Matilde se ofendió cuando le dije que no tenía conducta, que desde el principio no había querido llamar y que cualquiera de esos días íbamos a tener una desgracia por no haberse molestado en darle una mano a esa pobre mujer.

Por fin ella fue a buscar el papel y trajo el teléfono con el cable largo hasta la puerta del balcón donde estábamos, para que si la policía nos preguntaba algo le pudiéramos decir bien lo que estaba pasando. Al final llamé yo, porque veníamos retrasadas y ya hacía rato que estaban afuera. Ella ya me pareció que no le gritaba nada, que cuando él la soltaba se tambaleaba y de eso me daba cuenta por que le daba un reflejo hermoso en la cabellera rojiza cuando se caía de un lado al otro.

Después, la verdad no sé cómo es que pasó, porque ni que nos hubiéramos puesto de acuerdo: nos fuimos todos los vecinos para abajo, a la puerta del edificio. Matilde y yo las primeras, pero enseguida Don Goyo, Aurora con los perros, Elisa y Carlos, las chicas del primero con una cara de susto como si supieran de antemano, la inquilina del tercero, el encargado con la señora, que mandó para adentro a los chicos. Bueno, para qué le voy a seguir diciendo, estaban todos.

Ahí fue que se empezó a escuchar la sirena del patrullero, no lo veíamos todavía pero calculo que estaba como de la esquina a dos cuadras. Parecíamos unos no se qué, mirando la calle para ver si llegaba de una vez el patrullero y para arriba, para el balcón, para tratar de ver o escuchar o saber qué estaba pasando. Lo demás, ya lo sabe. Pasó todo junto. La policía se encargó de llamar la ambulancia y todo eso. La verdad que no sé para qué, pobrecita, como estaba. Nadie le pudo decir mucho al agente de cómo fue, qué pasó allá arriba, porque nadie estaba viendo. Y eso es verdad. Cómo fue, bien, nadie lo puede decir. Si ya estábamos todos aquí abajo, esperando. Una cosa rarísima. Como si hubiéramos adivinado lo que iba a pasar. No se si a la policía alguno le dijo que ya estábamos ahí en la puerta. Yo creo que no. Por lo menos ni Matilde ni yo lo dijimos y me parece que tampoco los demás. Para qué. Menos lío así. La verdad, pobre chica. Hicimos lo imposible por ayudarla.

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